En 1905, los psicólogos Alfred Binet y Théodore Simon diseñaron una prueba para niños franceses con dificultades de aprendizaje. Pensado para identificar a los que necesitaban atención especial, ese método sentó las bases del test de coeficiente intelectual. Actualmente, un puntaje de 100 representa la media en una población de muestra, donde el 68 % de la población se ubica entre los 85 y 115 puntos. La prueba ayuda a medir la capacidad de razonar y de resolver los problemas que plantea, pero eso no es lo mismo que medir el potencial de una persona, dado que los individuos no pueden ser clasificados por un puntaje numérico único.